Caminaba a doble paso, realmente estaba tarde, nada que en realidad le preocupase ya que R. Samsa pensaba que las cosas nos afectan al mismo nivel de la importancia y relevancia que le atribuimos, en ese sentido pocas cosas lograban perturbar su pasividad. Samsa era delgado, con el rostro alargado, el cabello largo (le caían hasta los hombros) y descuidado, una apariencia un poco desaliñada; al fin cuando llego a la universidad se dirigió directo a su aula sin pararse a saludar a nadie, más que a uno que otro conocido al que saludase de lejos por simple cortesía. En realidad era un muchacho muy solitario, no sentía ningún impulso en tratar a las otras personas, cuando tenia que charlar con otra persona por mucho tiempo esto le parecía molesto, al punto de sentirse invadido, tenia una gran necesidad por la soledad y el silencio, claro sin que esto significase que en ocasiones tanto aislamiento le afectase, pues a veces sufría por ello; no siempre fue así, antes tenia amigos y anhelos sociales pero todo cae por su propio peso, su personalidad al fin y al cabo lo llevaría a encontrarse en el abismo social en el que se encontraba.
Pues ahí se encontraba, en el ultimo asiento del salón, sumergido en sus devaneos, imaginaba sobre cosas fantásticas (lo hacia cuando se aburría, a veces sin percatarse de ello), las horas pasaban más rápido de este modo pero no retenía casi nada de ningunas de sus clases, asunto que terminaba reflejándose en sus calificaciones, las cuales eran mediocres a diferencia de sus capacidades intelectuales que eran sobresalientes. Era medio día y había terminado de sus clases, ya sentía el alivio, se sentó en la plazoleta a apreciar el panorama de la convivencia universitaria y se dispuso a ir a su casa...
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